Seguimos nuestra reflexión sobre el YO, pieza fundamental del Aparato Psíquico y núcleo consciente de nuestra personalidad, aludiendo al fenómeno de la REPRESIÓN y al de la ANGUSTIA, sobre los que insisteré más adelante con mayor amplitud:
Al mecanismo que desplaza el recuerdo de la Consciencia Freud le llama Represión Los recuerdos desplazados de la Consciencia por la represión ejercen, a veces, un clamor constante, una insistencia desesperada, bloquean la realización de nuestras intenciones con actos fallidos, emergentes con frecuencia en sueños y pesadillas, tanto que pueden perturbar o descompensar el equilibrio del YO. (Pero esto voy a tratarlo enseguida, al hablar de la segunda instancia del aparato psíquico, el ELLO).
La buena y la mala angustia
A propósito de los sueños de angustia, o de la angustia que con frecuencia asedia al YO personal, quiero citar un pensamiento de Freud, de su obra de 1926, Inhibición, síntoma y angustia. Dice allí que la angustia es necesaria para la supervivencia del YO. Que sin la angustia el YO se sentiría indefenso frente a las amenazas externas o internas. La angustia, que fisiológicamente es una operación hormonal (supone la producción de adrenalina por las glándulas suprarrenales, y la absorción de esta adrenalina por la función beta, para fortalecer el corazón, acrecentar el nivel de vigilancia y preparar la acción ante la percepción sensorial de un peligro) es imprescindible para la supervivencia del organismo humano.
La buena y la mala angustia
A propósito de los sueños de angustia, o de la angustia que con frecuencia asedia al YO personal, quiero citar un pensamiento de Freud, de su obra de 1926, Inhibición, síntoma y angustia. Dice allí que la angustia es necesaria para la supervivencia del YO. Que sin la angustia el YO se sentiría indefenso frente a las amenazas externas o internas. La angustia, que fisiológicamente es una operación hormonal (supone la producción de adrenalina por las glándulas suprarrenales, y la absorción de esta adrenalina por la función beta, para fortalecer el corazón, acrecentar el nivel de vigilancia y preparar la acción ante la percepción sensorial de un peligro) es imprescindible para la supervivencia del organismo humano.
Sin ella, afirma Freud, “los seres humanos serían menos que humanos”. La angustia anticipa vivencialmente un peligro, un riesgo, frente al que el YO no tiene todos los recursos de control. Le sirve para prever la medida del riesgo y decidir qué debe enfrentar, qué hay que evitar, hasta qué punto debe temer.
Freud asegura que la educación, y también la psicoterapia, nos tiene que enseñar a saber dosificar el miedo y actualizar nuestros recursos ante el riesgo (incluida la decisión de tomar algún fármaco “betabloqueante”).
Este riesgo para el hombre primitivo pudo ser el asalto rugiente de un león o la presencia sibilina de una serpiente, mientras iba de caza por la selva. Para el ser humano de hoy puede ser una entrevista de trabajo, un debate político, pasar un examen médico o viajar en avión.
Funcionalmente, la angustia, y la ansiedad, son una reacción endógena del organismo, como respuesta, en carga energética, a los estímulos externos. La mente humana opera como una fábrica de transformación de esas energías al servicio del YO. Esas transformaciones son positivas, cuando se aplican en realizaciones útiles y adaptativas: creatividad, trabajo, autosuperación, amor…
Cuando esas energías no encuentran vías de escape positivas y adaptativas, se originan síntomas desestabilizadores del equilibrio del YO, como pueden ser: descontrol de impulsos, somatizaciones histéricas, anorexia, reacciones fugitivas…, incluso el trastorno de ansiedad paralizante o el panic attac, cuando el YO no encuentra, o no organiza, vías de escape al caudal de energía intrapíquica acumulada.
Para Otto Rank, uno de los primeros seguidores de Sigmund Freud, toda reacción orgánica de angustia o ansiedad se produce por la pérdida de las seguridades existenciales. Esta reacción se manifiesta primariamente en lo que él llama el Trauma del Nacimiento, simbolizado por ese primer grito de angustia que todo ser humano emite al ser separado de la seguridad existencial que le supone el vientre materno. El enfrentamiento posterior, real o imaginario, de pérdida de seguridades vitales excitará la “alarma” intrapsíquica y encenderá en la mente del YO el piloto rojo de la angustia.
La imagen de mi YO
Terminaré estas primeras elucubraciones sobre el YO, la instancia más aparente del Aparato psíquico, citando la teoría de que la imagen del propio Yo, la consciencia de uno mismo, se va construyendo evolutivamente, a través de los años, a partir de experiencias personales e interpersonales.
-Esa consciencia integra, primero, las informaciones de sí mismo almacenada en el genoma original. Es lo que se puede llamar el Self.
-Con esta imagen se amasa la del Ideal del Yo. Eso que deseamos ser y que opera en nuestro comportamiento dirigiéndolo o corrigiéndolo. Es la imagen con la que nos comparamos, a partir de
*modelos referenciales,
*de valores social y culturalmente aceptados,
*de gustos personales y
*de exigencias y expectativas familiares.
-Además del Self y del Yo Ideal, existe el Yo del grupo, que funda nuestra Pertenencia: el factor de propia identidad que nos proporciona pertenecer a una raza, a una familia, a una religión, a una profesión...
-Hay que añadir el Yo del Rol, el papel que nos corresponde representar , con pautas de conductas muy determinadas, en nuestra función de padre o de hijo, o de esposo o esposa, de hombre o mujer, de director o subordinado, de médico o de taxista, etc.
-Y por último está la imagen de Yo que resulta de lo que se llama llama el Yo del espejo. Es la imagen que se refleja, como en un espejo, en lo que los demás ven en nosotros, en sus actitudes, sus reacciones, sus expectativas, sus comportamientos, de aceptación o rechazo. Sin olvidar que es la madre el primer espejo de conformación de la imagen del Yo.
Todas son experiencias auto-referenciales, con las que se va edificando y configurando evolutivamente la consciencia del propio YO, pieza fundamental del funcionamiento del Aparato psíquico descrito por Freud.