miércoles, 28 de enero de 2009

UNA REVOLUCIÓN SOCIO-CULTURAL Y CIENTÍFICA

Buenos días, amigos: Voy a citaros algunos textos entrelazados sobre la repercusión impactante que en el ámbito cultural y social, incluso lingüístico, produjeron los descubrimientos y elaboraciones del joven Freud.

Un testimonio de Peter Gay, de su libro Freud, una vida de nuestro tiempo: “La observación de que el Psicoanálisis había ‘hecho furor’, convirtiéndose en una especie de moda entre quienes no lo conocían, estaba bastante justificada. El médico sueco Paul Bjerre afirmó en 1925 que el ‘freudismo’ estaba agitando los sentimientos como si se tratara de ‘una nueva religión’ y no de una nueva área de investigación. Especialmente en los Estados Unidos, la literatura psicoanalítica ha adquirido dimensiones de avalancha. Analizarse está de moda”. Un año más tarde, el prolífico psicólogo norteamericano William McDougall reafirmó la evaluación de Bjerre: “Además de los seguidores profesionales, todo un ejército de legos, educadores, artistas y diletantes han quedado fascinados por las especulaciones freudianas y las han convertido en una desorbitada moda popular, de modo que algunos de los términos técnicos empleados por Freud se han incorporado al idioma popular, tanto en los Estados Unidos como en Inglaterra”.

En otra parte de su libro afirma que el escritor Elías Canetti había escrito, por 1920, que “la interpretación de los ‘lapsus’ se había convertido en una especie de juego social” Aunque por otra parte afirma que las principales autoridades de la Universidad todavía “lo rechazan con arrogancia”. Y añade que esta oposición llegó, clamorosa, hasta el área de la política. Por ejemplo, en Francia, el mismo día en que apareció la versión francesa de Psicopatología de la vida cotidiana, en 1922, se publicó un artículo en el que se le pedía al gobierno “que proteja a los niños del Psicoanálisis”.

Esta reacción la explica y la interpreta sosegadamente el psicoanalista francés S. Nacht: “Freud apareció en una época impregnada de moralismo, confiada en una escala de valores que creía sólidamente establecida. Súbitamente aquel joven y desconocido médico judío despertó de su sueño al mundo, lo obligó a poner todo en cuestión. ‘Analice despiadadamente sus sentimientos, escribió Freud a un amigo, y verá qué pocas cosas seguras hay en usted’. Pero ver qué pocas cosas seguras hay en sí mismo es precisamente lo que el hombre se niega a hacer, porque lo siente como una herida y una humillación. Así pues, era inevitable que, desde el comienzo, Freud se viera rechazado por su época, que quiso verlo a través de los rasgos inmorales y salvajes de las fuerzas instintivas, cuyo auténtico rostro desvelaba”.

Estas observaciones y conclusiones quedan bien explicitadas y resumidas en un texto de Georg Markus, en su biografía de Freud El misterio del alma: “Con el Psicoanálisis de Freud no sólo se abría un nuevo campo a la psiquiatría, sino que se revolucionaba toda la medicina. Más aún: los esfuerzos para sondear el alma humana llevaron a nuevas formas de ver la religión y la cultura, la educación y la vida familiar, la sexualidad, la filosofía, el Estado. Las ideas de un científico rara vez han influido en su generación y en las siguientes tanto como Freud cuando describe la anatomía del alma.”

El siguiente texto, del escritor eminente Stefan Zweig, es un testimonio de adhesión y casi devoción. Le escribe así en carta de 1929: “La revolución que usted ha provocado en la estructura psicológica y filosófica, y en toda la estructura moral de nuestro mundo, excede en mucho la parte puramente terapéutica de sus descubrimientos. Pues hoy en día, todas las personas que no saben nada de usted, todo ser humano de 1930, incluso quien nunca haya oído la palabra ‘psicoanalista’, ya está indirectamente influido por su transformación de las almas”.

Precisamente el mismo S. Zweig, junto con otros escritores, artistas e intelectuales como Thomas Mann, Romain Rolland, Jules Romains, H.G. Wells , Virginia Woolf , Salvador Dalí, Hermann Broch, Knut Hamsun, Hermann Hesse, André Gide, Aldous Huxley, James Joyce, Pablo Picasso, Paul Klée, André Maurois, Thorton Wilder, y varios más, publicaron un manifiesto, en 1936, con ocasión del octogésimo aniversario de Freud, que le fue presentado por Thomas Mann en su casa de Viena, ya casi a punto de exiliarse en Londres. Por su extraordinaria importancia valorativa de la persona y la obra de Freud, os lo voy a reproducir íntegramente:

Que el octogésimo aniversario de Freud sea una venturosa oportunidad para expresarle, al iniciador de un nuevo y más profundo conocimiento de la humanidad, nuestras congratulaciones y nuestra veneración. Este intrépido descubridor, importante en cada esfera de su trabajo, como médico y psicólogo, como filósofo y artista, ha sido, durante dos generaciones, un guía a través de regiones de la mente humana hasta entonces inexploradas. Espíritu completamente independiente, un ‘hombre y caballero de osado mirar’, como Nietzsche dice de Schopenhauer, un pensador e investigador, que supo resistir solo y, sin embargo, atraer a muchos. Avanzó por su camino y llegó a verdades que parecieron peligrosas porque ponían al descubierto lo que el miedo había escondido, e iluminó lugares oscuros. Expuso nuevos y diversos problemas y cambió normas antiguas. Su búsqueda y sus hallazgos ampliaron enormemente el alcance de la exploración intelectual, e incluso hizo que sus opositores se convirtieran en deudores suyos por el ímpetu del pensar creador que les transmitió. Aunque los años futuros puedan superar o modificar este o aquel resultado de su investigación, las preguntas que Sigmund Freud hizo a la humanidad nunca podrán volver a silenciarse, ni sus hallazgos ser negados u oscurecidos por mucho tiempo. Los conceptos que él ha encontrado, las palabras que ha escogido para ellos, se han convertido ya en integrantes, evidentes por sí mismas, de todo idioma vivo. En todos los campos de las ciencias del hombre, en el estudio de la literatura y el arte, la historia de las religiones y la prehistoria, la mitología, el folkclore y la pedagogía, e incluso en la poesía misma, podemos discernir la impronta profunda de su influencia, y si alguna vez la raza humana alcanzó un logro imperecedero, este es -estamos seguros- su descubrimiento de la CIENCIA DE LA MENTE.

Nosotros ya no podemos seguir enfrentando nuestra tarea intelectual sin los audaces conceptos que constituyeron esa obra de toda la vida de Freud. Por eso nos alegramos de saber que este gran e infatigable estudioso está entre nosotros, y de verlo trabajar con vigor incansable. Que este hombre al que honramos, y al que le ofrecemos nuestra gratitud, viva entre nosotros durante muchos años más”.

Desde estos extraordinarios reconocimientos y elogios, especialmente valiosos y significativos por la talla intelectual, científica y cultural, de las personas que los respaldan, no es de extrañar la comparación que hizo en su tiempo Jung con los “pseudocientíficos” que se negaban a estudiar a Freud: son, escribió, “como aquellos hombres de ciencia que se negaron a mirar por el telescopio de Galileo”.

No quiero dejar de citar el testimonio de la concesión del Premio “Goethe”, en julio de 1930, donde la obra de Freud se define como “fruto del método estricto de las ciencias de la naturaleza (...) y de la osadía de los creadores literarios”. Y también se dice en el texto de concesión de ese importante galardón literario que “el Psicoanálisis no sólo enriqueció a la ciencia médica sino también al mundo mental del artista, el sacerdote, el historiador, el educador” (...) al descubrir “las fuerzas formativo-creadoras adormecidas en el inconsciente”.


Por último, voy a añadir a este florilegio de citas otro texto de Pierre David, al que tuve ocasión de conocer y escuchar en París, en los cursos de postgrado a los que asistí, organizados en la Sorbona: “¿Para qué se consulta a un Psicoanalista? Hoy en día no es fácil responder a esta pregunta. El Psicoanálisis forma parte de nuestra vida cotidiana prácticamente en todos sus aspectos. Al parecer, ha dejado de ser sólo un medio de tratamiento de las dificultades psicológicas y está incorporado en todas las ramas de las ciencias humanas. Sus conceptos, a menudo desvirtuados y desnaturalizados, se utilizan en otras disciplinas. Los medios masivos de comunicación los hacen circular y corren el riesgo de convertirse en palabras vacías de un vocabulario desgastado (complejo de Edipo, libido, represión, super-yo...). Despierta las cóleras de hipócritas engreídos, defensores de un concepto reductor de “ciencia” y, por el contrario, llena de entusiasmo a un sector de la intelectualidad y a los filósofos jóvenes”.(Pierre David. “La sesión de psicoanálisis”)

miércoles, 21 de enero de 2009

¿FREUD DESCUBRIÓ EL INCONSCIENTE?

Buenos días, amigos: Teníamos aplazada nuestra cita para después de Reyes, pero en estos días recientes, entre bufandas y escalofríos, mi sistema neurovegetativo no me daba aliento para reemprender nuestra andadura psicoanalítica.
Ayer nuestra amiga Tánger sacudió mi semiletargo: ¿qué pasa con el blog? (me dijo en un encuentro inesperado) Todos los días me asomo a la ventana para salirle al paso...
Entonces abrí los ojos, y aquí me veo de nuevo con vosotros.

A partir de nuestros últimos comentarios sobre el gran Iceberg del alma, los continentes sumergidos de la mente, en varias ocasiones se me ha hecho la misma pregunta: ¿Es el Inconsciente mental un descubrimiento de Freud?

Tengo que aclarar que el concepto de lo inconsciente era conocido previamente a los descubrimientos de Freud, que la filosofía se había ocupado repetidas veces de este problema, como lo comentaré más adelante, y que en 1869 Hartmann había publicado un libro de gran difusión titulado Filosofía de lo inconsciente.

La aportación original de Freud fue sustantivar lo inconsciente, hacerlo sustantivo, no sólo adjetivo (“acto inconsciente”, “estado de incosciencia”).
-Freud se empeñó en hacer de esto un SABER: el saber de lo insabido o desconocido por la propia persona,
-hacerlo objeto de investigación con métodos especialmente diseñados para este fin,
-conocerlo como determinante subrepticio de comportamientos humanos
-y aplicarlo como espacio terapéutico desde el que reequilibrar los desajustes del psiquismo y sanar las patologías de la mente.



LA REVOLUCIÓN CULTURAL Y CIENTÍFICA DE SIGMUND FREUD

Obviamente, este descubrimiento de Freud vino a suponer una auténtica revolución cultural con respecto al conocimiento de la persona, del ente humano. Provocó, al mismo tiempo, una inversión de perspectivas en todas las disciplinas que se ocupan de algún modo de su interpretación, comprensión, educación o expresión: la Pedagogía, la Filosofía, el Derecho, la Medicina, la Moral, la Historia, el Arte....

En el estudio y la comprensión de las realizaciones humanas y de sus intenciones y motivaciones profundas, el Inconsciente pasa al primer plano de interés, más aún que el Consciente.

El “no puedo comprender por qué obré de esa manera” o el “no era yo mismo cuando hice eso”, empezaba a vislumbrar sus claves.

En sus Conferencias de introducción al Psicoanálisis, pronunciadas por Freud entre 1915-1918, en la sede del Colegio de Médicos de Viena, hace la conocida consideración de las tres humillaciones narcisísticas que había padecido sucesivamente la Humanidad: la infligida por Copérnico cuando dictaminó que la tierra no es el centro del universo, sino una simple motita de polvo cósmico dentro de la galáctica polvareda estelar; la que infligió Darwin al incluir a la humanidad en el reino animal, y considerar al hombre, “mono desnudo” (Desmond Morris), como eslabón en la cadena filogenética desde primates ancestros; y la tercera humillación, herida narcisista al orgullo humano, al demostrar al mundo que el Yo personal no es el cibernetes, dueño total de sus propios actos y de su propio destino, sino que en gran medida es siervo y esclavo de extrañas fuerzas de la mente, inconscientes e incontrolables.

Esto supuso una revolución cultural tan importante como lo fue, quizás, en la técnica, la invención de la rueda o la de la máquina de vapor. La autora del libro Psicoanálisis: una profesión imposible, Janet Malcolm, llega a utilizar el símil del terrorista que en el sótano de su casa prepara un artefacto para volar la cervecería del barrio y, sin darse cuenta, termina inventando la bomba de hidrógeno que hace volar medio mundo.

Hasta entonces las filosofías clásicas, y las ciencias aplicadas, pensaban que sólo había dos estados de consciencia posibles: el de inconsciencia, o inconsciente, cuando la persona está dormida, o desvanecida o drogada o en coma, y el de consciencia, o consciente, cuando la persona está despierta, en plena posesión de su inteligencia y de su razón, y es dueño y responsable total de sus actos y de sus pensamientos. Desde esta convicción se había entendido y fundamentado la filosofía, la pedagogía, la moral , la religión, la historia, el derecho, la psicología... Hasta que

Freud pone de manifiesto la influencia de mecanismos inconscientes, de razones y anhelos ocultos, subterráneos, que impulsan nuestros actos y determinan nuestros comportamientos. Y crea una ciencia para desvelar el Inconsciente y curar a las personas a través del Inconsciente.
Esta Ciencia es El Psicoanálisis.

lunes, 15 de diciembre de 2008

En los fondos sumergidos del alma



Terminé diciendo la semana pasada que de las exhibiciones de Charcot (quien efectivamente actuaba como un gran actor en el escenario del Hospital de la Salpretiêre), Freud realizó un doble descubrimiento.

Primer DESCUBRIMIENTO: Charcot demostró que sometiendo a la influencia hipnótica a personas normales les hacía exhibir los mismos síntomas somáticos de sus pacientes histéricos (temblores, parálisis, sensaciones corporales de picor, calor o frío etc.), al introducirle la idea de estos síntomas, o la orden de experimentarlos, por medio de las técnicas de hipnotismo. Con lo que Freud llegó a la convicción, ya prenunciada por el caso de Ana O., de que efectivamente
existen síntomas físicos que no se deben a lesiones orgánicas o a otras causas físico-orgánicas, sino a actividades de la mente.

Como nota al margen sobre la aplicación de las técnicas de Charcot a las neurosis histéricas, tengo que añadir que, hasta entonces, la histeria había sido considerada como una enfermedad exclusivamente de mujeres. De ahí su nombre que deriva etimológicamente del griego “hysteros”, útero. Históricamente fue interpretada como posesión diabólica, o como patología simulada, o incluso como enfermedad orgánica, debida a que el útero se desviaba hacia los riñones, para lo que no encontraban más solución que la ablación del clítoris (¡¡¡!!!).

Cuando de regreso en Viena, Freud tuvo una conferencia en el Colegio de Médicos exponiendo sus experiencias con Charcot, advirtió una acogida fría, incluso hostil. Al aludir a la patología histérica como común a mujeres y a hombres, tal como les había demostrado Charcot, su profesor el Dr. Meynert, en cuyo departamento de neurofisiología había trabajado y al que había admirado por su aspiración a hacer una psicología científica, le increpó desde su asiento, calificando sus teorías de charlatanería y preguntó irónicamente si es que ya los hombres tenían útero para enfermar de histeria... Desde ese momento Freud perdió el aprecio y el respeto por su antiguo profesor, y quizás no volvió a recuperarlos hasta el día en que Meynert, en su lecho de muerte, en 1882, pidió que Freud le visitara y, como si tuviera un peso de conciencia del que necesitaba descargarse, le confesó: “Sepa usted, señor Freud, que yo fui siempre uno de los más patentes casos de histeria masculina”.

2º DESCUBRIMIENTO de Freud, el del Inconsciente, como dimensión profunda del psiquismo, que en algún momento denominó como “los continentes sumergidos de la mente”.

Charcot realizaba ante los ojos atónitos de sus alumnos experiencias de esta índole: Presentaba, por ejemplo, a una persona que sufría parálisis histérica de un brazo. Se comprobaba que le era imposible moverlo. Lo sometía delante de todos los espectadores a sueño hipnótico, le daba la orden de que moviera el brazo y el paciente lo movía sin dificultad. Después, vuelto al estado de vigilia normal, no recordaba nada y volvía a serle imposible mover el brazo paralítico.

Experiencias de esta clase se completaron después con otras realizadas en Nancy, adónde Freud viajó en 1889 con el fin de seguir profundizando en las técnicas de hipnotismo y completar sus conocimientos con la metodología seguida por el entonces también famoso Dr. Hipólito Berhein. Éste le sugería (por poner otro ejemplo) a un hombre sometido a sueño hipnótico: “Tal día por la tarde, irá usted al teatro y en medio de la función abrirá el paraguas”. El día señalado, ese hombre manifestaba su intención de acudir al teatro, cogía el paraguas, aunque no estuviera lloviendo, y en medio de la función abría el paraguas, ocasionando un alboroto entre los espectadores. Al preguntarle por qué lo había hecho, no sabía justificar una respuesta.

La conclusión de Freud, tras de muchas reflexiones derivadas de estas experiencias, es que
existe un sector del espíritu humano (o de la psique, o de la mente), al que no tiene acceso la consciencia, donde se guardan las razones ocultas de nuestro comportamiento y los motivos ignorados de nuestras acciones y reacciones.

Solamente allí se podría descubrir el motivo por el que aquella persona se castigaba a no mover el brazo, y la orden de ir al teatro a la que el otro individuo no sabía resistirse.


El territorio mental llamado Inconsciente

Y es a eso a lo que denominó como EL INCONSCIENTE:

Un sector del psiquismo o de la mente (o realidad psíquica, o función psíquica) constituido por un conjunto de representaciones mentales reprimidas, fuera del campo de la consciencia, que tienen una gran influencia en nuestro comportamiento, como determinante esencial de nuestra vida psíquica.

Freud lo metaforizó con la imagen clásica de Iceberg, con una pequeña parte visible sobre la superficie y con dimensiones insospechadas bajo las aguas. Otros lo han comparado con las alforjas del caminante, con uno de sus bolsones por delante, a la vista de los ojos, y otra invisible a las espaldas.


Bueno, aquí termino nuestras micro-lecciones psicoanalíticas del primer trimestre. Nos veremos (o nos encontraremos) después de Reyes… Os echaré de menos. Y, como me dice nuestro amigo David, os deseo lo mejor para estas fiestas de Navidad, y que el año que entra sea rico para todos en experiencias y vivencias plenas…

martes, 9 de diciembre de 2008

EL HIPNOTIZADOR



Mi entrada del pasado martes se cerró con una pregunta en el aire: ¿Qué sucedió finalmente entre el bondadoso Dr. Breuer y su paciente Ana O, entre los que se había establecido una tan evidente relación transferencial?

Pues sucedió que la esposa de Breuer se estaba sintiendo inquieta y recelosa del interés de su marido y de sus desvelos por la joven Berta, y que Breuer para compensarla la llevó a hacer un viaje solos, del que nació una hija, la cual, cuentan los biógrafos, terminó suicidándose, muchos años después, cuando los agentes de la Gestapo llegaron a su casa para apresarla por ser judía...
Ana O (es decir, Berta), por su parte, siguió progresando en su recuperación hasta llegar a convertirse en pionera del trabajo social, y en líder de causas feministas y de organizaciones de mujeres judías.

Un médico hipnotizador

Ahora vamos a continuar deshilando el “hilo de Ariadna”, tal como que fue conduciendo al joven Dr. Freud por los laberintos de la psique, hasta llegar a la gruta profunda del Inconsciente.

El tercero de los acontecimientos fundacionales del Psicoanálisis, la tercera “pista” en el largo camino, o el tercer referente desde el que se condiciona su origen, se relaciona con el famoso Dr. Jean Martín Charcot y con la técnica de hipnosis, empleada por él en el Hospital de la Salpêtrière .
En 1885, a sus 29 años, realiza Freud uno de sus sueños, que era ir a París a estudiar las técnicas de uno de los médicos más famosos de por aquellos tiempos: el Dr. Charcot. “París es una ciudad mágica”, hasta el mismo nombre de la ciudad tenía para él un contenido de magia, le escribía a Marta, su novia, a quien, nada más pisar aquellas tierras, le había confesado: “Durante muchos años había sido París la meta de mis ansias, y el embeleso con que por primera vez pisé el pavimento fue para mí la garantía de que también habría de lograr la realización de otros deseos”. Y a su amigo Koller: “París significa el principio de una nueva existencia para mi”.
Estos sentimientos de ilusión, encanto y entusiasmo alternaron, al paso de los días y de los meses, con otros de abatimiento y congoja. La ambivalencia de los estados emocionales fue una experiencia endovivenciada por Freud durante su estancia y sus soledades en París. En una de sus diarias cartas a Marta, confiesa: “Me siento aquí como si me hubieran abandonado en una isla desierta en medio del océano, ansiando que llegue la hora en que venga el barco que restablecerá mi unión con el mundo”...Y continúa la carta con un brindis de amor: “Tu eres todo el mundo para mí”.
En este estado de soledad y abandono, parece ser que configuró una percepción catatónica que le hacía ver a los habitantes de la ciudad como “gente arrogante e inaccesible” que le “producen desazón”, como si estuvieran “poseídos por mil demonios”. Incluso su percepción de las mujeres estaba condicionada por el color negro de su cristal: “La fealdad de las mujeres de París difícilmente puede ser exagerada: ni una cara bonita”. Quizás intentaba deslizar, entre líneas, un mensaje subliminal para tranquilizar a su novia...
Sin embargo, desde estos estados emocionales, moviliza un dinamismo reactivo que es, como siempre a lo largo de su vida, de recuperación del equilibrio y de superación. Le escribe a Marta cuando está a punto de finalizar su estancia en París, con ese estilo peculiar que tanto fascinó a Einstein: “No puedo dejar de pensar que soy un irracional al dejar París cuando la primavera se avecina y Notre Dâme exhibe su belleza bajo la luz del sol”.

Quiero señalar la importancia de la hipnosis, que como técnica empleada terapéuticamente, ejerció en el descubrimiento que hizo Freud del Inconsciente, y en el establecimiento posterior y paulatino de todo su sistema psicológico y terapéutico.

Freud, como ya he dicho, había acudido a París a estudiar las técnicas terapéuticas del Dr. Charcot que se había especializado en el tratamiento de las neurosis, sobretodo de la histeria, por medio del hipnotismo. Llevaba la pretensión de presentarle al Maestro el caso de Ana O., que lo tenía fascinado, pero éste le prestó poca atención, mucho más interesado por sus propios experimentos y por las extraordinarias reacciones de sus pacientes.
Sin embargo, la personalidad de Charcot lo deslumbró de tal manera que incluso a su hijo mayor le puso por nombre Jean Martín (el nombre de Charcot). Como maestro era realmente épatant, deslumbrante: cada una de sus clases “era una pequeña obra de arte por su plan y por su realización”... En otros escritos habla de la “magia que irradiaba de su aspecto y de su voz, la gracia y naturalidad de sus modales”... lo describe como “agradable, bondadoso, ingenioso, aunque dominante por su innata superioridad”, señala su “tremenda capacidad para insuflar aliento, casi excitación” y llega a la conclusión de que “jamás un ser humano ha ejercido sobre mí una influencia semejante”. La ascendencia que llegaba a crear sobre los pacientes a los que hipnotizaba, y la “dependencia magnética” de parte de ellos, fue uno de los elementos con los que Freud fue elaborando posteriormente su concepto, fundamental en Psicoanálisis, de Transferencia. El biógrafo de Freud Peter Gay hace la curiosa observación de que Freud “siempre tan orgullosamente resuelto a tener una mente independiente”, se mostrara tan dispuesto y tan ansioso “porque lo fecundara ese brillante científico y no menos brillante actor dramático”.

Asistiendo a las exhibiciones de Charcot, que efectivamente actuaba como un gran actor en el escenario del Hospital de la Salpretiêre, Freud realizó un doble descubrimiento...
Pero ese será el tema de mi próxima entrada. Hasta entonces, amigos. Sedme fieles.

martes, 2 de diciembre de 2008

HISTORIA DE UNA “HISTERIA”

Hola, amigos: Os sigo contando esta interesante historia de Anna O, que es, como “decíamos ayer”, el caso fundacional del Psicoanálisis. Es la historia de un caso de patología “histérica”, que le dio al joven Dr. Freud las primeras pistas en esa búsqueda incesante de caminos... por los que nosotros mismos ahora caminamos. La historia sigue así:
Hasta dos meses antes de la muerte de su padre, su hija Berta (es decir, Anna O) lo había estado atendiendo y cuidando incansablemente en detrimento de su propia salud. En esos últimos meses, se le fueron desarrollando sucesivamente una serie de síntomas –hoy lo diagnosticaríamos como stress- que cada vez la debilitaban más y le impedían entregarse a los cuidados de su padre con la misma solicitud: falta de apetito, una fuerte tos nerviosa, al poco tiempo un estrabismo convergente, después dolores de cabeza, perturbaciones de la visión, parálisis parciales, pérdida de sensaciones..., que fueron derivando en una desorganización generalizada del equilibrio psicosomático, con desajuste emocional y somatizaciones polivalentes, que la dejaban postrada en intervalos, frente a los que reaccionaba con una excitación desmedida, volviendo a caer alternativamente en el agotamiento y en la proliferación de nuevos síntomas cada vez más extravagantes: lagunas mentales, alucinaciones con serpientes negras, huesos y esqueletos, regresiones en la coordinación del lenguaje, llegando a no poder hablar en su propia lengua y alternar palabras en inglés, en francés o en italiano (como por una imperiosa necesidad de desplazarse fuera de su procedencia). Cuando en el mes de abril falleció su padre, tuvo una primera reacción de excitación horrorizada, que fue extinguiéndose hasta llegar a un estado semicataléptico de estupor. Hoy se le diagnosticaría como Trastorno de la personalidad por estrés postraumático, con manifestaciones de Histeria.

En este estado, el Dr. Breuer comenzó a visitarla cada noche y, desde una especie de hipnosis autoprovocada, ella empezaba a hablar, en tono regresivo infantilizado; contaba cuentos, a veces triste, a veces encantadora..., hasta que se iba sintiendo temporalmente aliviada de sus síntomas. Ella mismo denominó estos alivios como “Talking cure” (curación por la charla) y también, con cierto humor, “Chimeney sweeping” (limpieza de la chimenea). Este procedimiento que despertó en ella recuerdos y le suscitó emociones que desde su personalidad normal nunca le había sido posible recordar o expresar, fue llamado por Breuer “Método catártico” y actualmente se conoce y se utiliza como “Psicocatársis”.

Un momento especialmente clarificador en esta talking cure que ejercía el Dr. Breuer sobre Anna O., sobrevino cuando ésta sufrió un trastorno similar a la hidrofobia, se moría de sed y no podía beber. No se lo sabía explicar, pero una tarde, sometida por Breuer a un estado de relajación hipnótica o semihipnótica, expresó que había visto a su dama de compañía, una inglesa por la que sentía gran aversión, darle de beber agua a su perrito en su propio vaso. Una vez que desenterró este sentimiento reprimido de asco e irritación, la hidrofobia desapareció. Desde entonces Breuer adoptó este método de hipnotizar a Ana, y observaba que, desde este estado, ella iba siguiendo la pista de cada uno de sus síntomas (anestesias sensoriales, visión distorsionada, alucinaciones, contracciones paralíticas, dificultad para hablar en su propia lengua...) hasta llegar a su etiología, a la causa que lo había provocado. Y en este ejercicio de limpiar la chimenea de su mente, siempre llegaban a un punto común, que Freud resumió más tarde en esta fórmula, famosa en Psicoanálisis: “Los enfermos neuróticos sufren de reminiscencias”. Porque al analizar los síntomas, siempre se encontraba, en cada uno de ellos, residuos, a veces simbólicos, de sentimientos o de impulsos que ella se había visto obligada a reprimir.


Voy a añadir una nota a este caso fundamental, fundacional, sobre el que, como ya he dicho, Freud construyó, piedra a piedra, golpe a golpe, todo el edificio del Psicoanálisis:
En junio de 1882, Breuer escribió en sus anotaciones, como conclusión del caso, que todos los síntomas de Anna habían desaparecido. No fue exactamente así. Lo que ocurrió, acto seguido, fue también una experiencia de alto valor para la estructuración de los mecanismos de la cura psicoanalítica. Lo que ocurrió después lo relató el mismo Freud, en carta al escritor Stefan Zweig, fechada en 1932: “La noche de ese día en que todos sus síntomas quedaron bajo control, llamaron a Breuer para que fuera a verla una vez más: la encontró en estado confusional, retorciéndose de dolores abdominales. Cuando se le preguntó qué le pasaba, respondió: ‘ahora va a nacer el niño del doctor B.’. Ante esta constatación de un embarazo histérico, Breuer huyó horrorizado....". Pero ya estaban puestos para Freud las semillas y las claves de lo que después fue elaborándose como conceptos definidos, fundamentales para la comprensión de la relación psicoanalítica y de la cura: Los conceptos de
transferencia y contratransferencia.

Al parecer Anna O., es decir, Berta, desplazó hacia su doctor y benefactor los sentimientos edípicos que había tenido hacia su propio padre, se los transfirió, y a su vez el Doctor, en contratransferencia, se había dejado sutilmente, e inconscientemente, seducir por el encanto de aquella joven, que se llamaba casualmente como su propia madre, Berta, y que, de algún modo cubría el vacío afectivo, los anhelos edípicos adormecidos, que su madre le había dejado al morir, cuando él tenía solamente cuatro años.

¿Qué sucedió después? La próxima semana os lo cuento…

martes, 25 de noviembre de 2008

POR LOS CONTINENTES SUMERGIDOS

Hola, amigos. Aquí estoy, fiel a nuestra cita semanal.

La exploración de Freud por el laberinto del alma humana y su descubrimiento de los “Continentes sumergidos de la mente”, que basa todo el sistema de pensamiento conocido como Psicoanálisis, tiene tres “pistas” iniciales:

1.-Un médico famoso: El Dr. Breuer
2.-Un caso clínico de Histeria: El conocido por el caso de Ana O
3.-Y una técnica terapéutica: La Hipnosis

Y de estos tres determinantes surgirá un hallazgo original y revolucionario: El Inconsciente. Como dimensión subterránea del psiquismo, que hemos denominado con el mismo Freud los continentes sumergidos de la mente.

El Dr. Josef Breuer

De el Dr. Breuer tendré que deciros que fue el descubridor del laberinto del oído, responsable de nuestro sentido del equilibrio, y que fue también el que elaboró, sobre la marcha de su práctica clínica, un método operativo, el tratamiento catártico, del que iría derivando lo que fue después, y es hoy, el Psicoanálisis. Tanto es así que el mismo Freud, en sus conferencias en la Universidad de Clarck de Masachusset, llegó a atribuirle generosamente a Breuer la paternidad del Psicoanálisis.

Freud conoció al Dr. Breuer mientras trabajaba como interno en el Laboratorio de Fisiología del Profesor Ernest Brücke, en 1878. (Tanto influyó sobre él este profesor que a uno de sus hijos le puso de nombre Ernest). En este laboratorio se inició Freud en las técnicas de investigación científica, realizando estudios sobre el sistema nervioso de los cangrejos y las glándulas salivales de los perros).

Con Breuer congenió enseguida porque podía hablar con él de literatura, de arte, de filosofía. Por aquel entonces escribió en carta a Marta, su novia, que Breuer “irradiaba luz y calor”, que estar con él era “como estar sentado al sol”. Y sutilmente empezaba a medir con él su estatura, en un movimiento de propia superación ante la imagen de un incipiente Ideal del Yo: “Es una persona tan esplendente que no sé lo que ve en mi para ser tan amable”.

Es curioso que, a su vez, el Dr. Breuer llegó a escribirle a otro colega, el Dr. W. Fliess, especialista en otorrinolaringología, que después fue, durante décadas, el gran amigo y confidente, el alter ego, de Freud: “La inteligencia de Freud está alcanzando su máxima altura: le sigo con la vista como una gallina sigue el vuelo de un halcón”.

Diré como nota al margen de estas anécdotas, que Ernest Jones, en su biografía de Freud, señala la predisposición de Freud a ser muy influenciable, sobretodo por personas a las que le unía un lazo afectivo, y que, en reacción a esta tendencia natural, afirmó un rasgo de personalidad que fue para él causa de muchos disgustos: “nunca fue cosa fácil hacerle cambiar su opinión acerca de cualquier cosa”. Este rasgo se constituye por lo que él después definió como un mecanismo de defensa nominado formación reactiva, que es una disposición automatizada a actuar de modo contrario al que la propia inclinación le llevaría.


Una paciente histérica

Para comprender la influencia del Dr. Breuer en el joven Freud, es necesario encarar el caso clínico conocido por el nombre supuesto de “Anna O” y considerado como el caso fundacional del Psicoanálisis.

En realidad esta paciente del Dr. Breuer se llamaba Berta Pappenhein. Estuvo tratada por él durante dos años, desde 1880 a 1882, a causa de una extraña y compleja sintomatología aparecida a raíz de la muerte de su padre, con quien había estado muy unida durante su vida, y a quien le había prodigado todos sus desvelos durante su enfermedad. Cuando en una calurosa noche de verano de 1883 -”estábamos los dos en mangas de camisa”, le escribió más tarde Freud a su novia Marta-, Breuer le revela a su joven amigo la fascinante historia, desencadenó en éste tantas ideas e inquietudes que le fue llevando paulatinamente a la construcción sistemática de todo el gran edificio del Psicoanálisis.

El caso de Anna O. está descrito en Estudio sobre la histeria, primera obra psicoanalítica, publicada en 1896 y escrita, en colaboración, por Breuer y Freud.

Anna O. fue una persona “excepcionalmente culta e inteligente”, a veces obstinada, con una gran sensibilidad humanitaria, que tenía 21 años cuando se le manifestó la enfermedad, y que llegó a ser posteriormente la primera asistenta social de Alemania y una de las primeras del mundo.

martes, 18 de noviembre de 2008

“Por la escondida senda”

Hola, amigos: Nos disponemos a emprender un largo camino por entre el laberinto de la mente, con la inevitable morosidad que impone este medio. Haré mis “entradas” una vez a la semana (martes o miércoles), necesariamente cortas y con la inevitable morosidad que nos impone el sistema digital, ya que la acumulación de material desalienta al lector. Pero no os importe; acordaos del consejo de Konstandinos Kavafis: “Cuando emprendas tu camino hacia Ítaca, debes rogar que el viaje sea largo…”.
Vamos a emprender nuestra marcha guiados por el “hilo de Ariadna” de la Obra de Sigmund Freud (un viaje submarino por los “continentes sumergidos” del alma humana, o una aventura espeleológica, o un safari por la selva del psiquismo, o una bajada al laberinto del Minotauro con Teseo), acomodando a mi pretensión esos versos tan conocidos de fray Luis de León, en los que alude a “la escondida senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido...” (Es decir: nosotros).


Cuando, con ocasión del cambio de milenio, se han elaborado las lista de las 100 personas más sabias y más influyentes del siglo, en todas aparece, inexcusablemente, el nombre de Freud como el que mayor influencia y “aportaciones más decisivas y relevantes” ha ejercido en la campo de la psicología y en el de todas las ciencias, artes y disciplinas que tienen como base el conocimiento de la persona. La “epistemología” psicoanalítica, con todas las aportaciones, correcciones y elaboraciones posteriores, está de algún modo presente, reconocida o no, en todas las corrientes interpretativas de la persona en su andar por la vida, e incluso en su proyección transpersonal.

Para la comprensión psicológica y antropológica, científica y cultural, del ser humano, hoy, es indispensable tener en cuenta las aportaciones de Sigmund Freud.
Y quiero aducir aquí el texto completo del escritor y novelista Stephan Zweig, (sacado del discurso fúnebre que él pronunció en el entierro de Freud) del que hice mención, y adelanté un pequeño párrafo, en un comentario a mi entrada del día 4 de este mes:

“Cada uno de nosotros, los hijos del siglo XX, tendría una forma de pensar y de entender distinta si él no hubiera existido. Cada uno de nosotros pensaría, juzgaría, sentiría con más estrechez si él no hubiera pensado antes que nosotros, si no nos hubiera empujado hacia el interior. Y siempre que tratemos de adentrarnos en el laberinto del corazón humano, su luz espiritual alumbrará nuestro camino. Todo cuanto Sigmund Freud creó, exploró e interpretó, yendo por delante como descubridor y guía, nos acompañará siempre en nuestro caminar por la vida...”

Ahora os voy a diseñar provisionalmente un breve apunte biográfico de Freud:
De su vida de tenaz aventurero del alma humana, os daré sólo, como he dicho, unas breves pinceladas. (Tengo publicada una sucinta biografía, “Sigmund Freud: Biografía de un deseo”, que se puede encontrar en www.libroenred.com)
Os recuerdo que nace el día 6 de mayo de 1856, en un pueblecito de Moravia (que después pasó a pertenecer a Checoslovaquia, pero que en aquellas fechas formaba parte del entonces Imperio Austro Húngaro). El pueblo se llamaba Freiberg, y después se llamó Pribor.
Su padre, Jacob, casado por segundas nupcias (o por terceras, como creen pensable algunos biógrafos) con Amalia Nathanshon, veintiún años menor que él. Jacob tenía 42 años y Amalia 21. (Siendo Freud adulto, con más de sesenta años de vida, reflexiona: “El hombre que haya sido el indiscutible hijo preferido de su madre, mantiene ante la vida la actitud de un conquistador, o aquella confianza en el triunfo que, con tanta frecuencia, le ha llevado al triunfo total”).
Al principio de su vida profesional, una vez terminada la carrera de Medicina (en la que empleó más años por dedicar mucho tiempo a la investigación, a la filosofía y a otros intereses culturales y artísticos), experimentó una amarga experiencia de pobreza.
Contrajo matrimonio, en 1886, con Marta Bernays, cinco años menor que él con la que tuvo seis hijos.
Establecieron su hogar en Viena, donde vivió, durante más cuarenta años en la misma casa, número 19 de la calle Bergasse, actualmente convertida en Casa Museo de Sigmund Freud. Fue en esta casa donde desarrolló prácticamente toda su actividad profesional, investigadora y de escritor.
Murió en 1939, a las 3 de la madrugada del día 23 de septiembre, en Londres, donde se había exiliado un año antes, a instancias de muchos de sus amigos, para librarse y librar a su familia de la persecución nazi.
Su casa familiar en el barrio de Hampstead, en la calle Maresfield Garden 20, es también hoy Casa Museo de Sigmund Freud y de su hija Anna Freud.
Hasta pronto, amigos, os espero siempre.